Francisco Elías de Tejada

Rostro de Jesucristo coronado de espinasEstá por escribir aún la tabla de las tres maneras de lo hispánico que asoman ya en el alborear de la Reconquista como réplica a la rota del Guadalete visigodo. Una es la manera de quienes en los riscos asturianos cabalgaron la aspiración de continuar Toledo, los que en Oviedo primero y en León más tarde restauran el orden vigente en el palacio de los monarcas godos, los que con Alfonso V pretenden volver a la vigencia del Fuero juzgo y hablan la lengua romanceada que se había venido formando, con rigor de efes y dulzura de melosas eles, en los tres siglos de la monarquía que inauguró Ataulfo. Otra es la manera euskera de los herederos de los vascones viejos, peleadores contra el invasor germánico, la de los hombres enriscados en los Pirineos occidentales que al quedar el Ebro por tierra de nadie lo cruzan para fundar en la otra orilla los estilos de Castilla; los que hablan un latín tal como los vascos pueden hablar en latín sin efes y con jotas; las de los que yerguen el derecho de sus “fazañas” milenarias negando tener que ver nada con lo que en el Fuero juzgo estaba escrito; las de los que prolongan en el corazón de la península el modo humano de la primitiva Euskalerria; la que hace nacer tipos de “buruzagi” euskaro tan claros como el Cid Campeador o empiedra de giros vascuences los primeros versos de Gonzalo de Berceo; la manera vasca de lo español que es lo que conocemos por Castilla. Y al lado de ambas maneras hispánicas, de la que en León se alimenta de nostalgias toledanas y de la que en Burgos perpetúa con férreo temblor de nacientes universalidades la vieja rebeldía contra los monarcas de Toledo, hay una tercera manera española, la de las gentes del rincón noroeste y de la Galia hispánica, la que en Narbona y en Tarragona conoció una romanización mayor, la más latina y la más mediterránea, la que se asoma sin cesar al balcón azul de las aguas por donde vino la simiente de una Roma que en estas tierras ha plantado sus raíces con lozanía con la que no pudiera penetrar ni en las tierras de Aragón ni mucho menos en las remotas zonas del interior de la meseta: la manera española que definimos por Cataluña.

Es un arco de romanización que puede trazarse en los mapas casi por la certidumbre geométrica de un compás que girase desde Alicante hasta Marsella; es el mundo del Oc y el mundo de Cataluña, en mala hora separados por las bestialidades inhumanas con que Simón de Monfort transformó hipócritamente en servicio de los reyes de París el pretexto religioso de la cruzada albigense, entre trenos doloridos cargados de intención política de Bernardo Sicart de Marvejols e invectivas de Durán, el sastre de Paernas. Comarcas romanizadas, culturalmente las más maduras en el alto Medievo, donde nació el formulismo de las trovas de amor que son la primera gran poesía no latina conocida en Occidente y donde desde el principio, desde los inaugurales testimonios de los Usatges, se toma por meta de las leyes el establecimiento de un orden de libertades que será la constante jurídica de Cataluña, superior en el contenido y anterior en ciento cincuenta años a la cacareada Carta Magna que Juan Sin tierra concedió a las gentes de Inglaterra.

(VERBO)