El vestido, exigencia del pudor (2)

San Joaquín, Santa Ana y la Virgen María niñaEs verdad que la costumbre algo influye, pero hay un límite que la costumbre no puede eliminar. Si la costumbre quitara por completo la tentación, a medida que aumentara el nudismo, mejorarían las costumbres. ¿Sucede así o sucede lo contrario? ¿Cuándo abundan más las caídas de los jóvenes; y los adulterios? ¿Cuándo las mujeres son recatadas y ponen la muralla del vestido a la mirada concupiscente de los hombres o cuándo destruyen esa muralla?

La que hace estas réplicas acaso es una mujer casada y una madre; y entonces le pregunto:

– Si defiendes la libertad de la mujer en el vestir, y eres lógica en tu modo de pensar, no verás mal que mujeres provocativas, más agraciadas que tú exhiban sus atractivos delante de tu marido y te lo roben. ¿Te quejas de que tu marido mire a otras y se deje arrastrar por otras y defiendes la inmodestia en el vestir? Eres inconsecuente. ¿Te quejas de que a tus hijas les digan groserías los que las encuentran y las mandas que se presenten mal vestidas en público? Pides imposibles. ¿No ves que el nudismo excita la pasión; y la pasión excitada se desborda por los labios? Te quejas de que tus hijos se dejen seducir por una joven; insultas a esa joven, maldices de ellas porque arrastra a tu hijo, y te pregunto: ¿tu hija no viste lo mismo o peor que aquella? ¿Tu hija no seduce a otros con su desnudez? ¿Y no eres tú la que la fomentas? Tienes que ser justa. No condenes lo que estás haciendo tú.

El vestido tiene otra función que cumplir, la conservación de la salud. El pecado trajo a la humanidad otras desgracias: las molestias, las enfermedades y la muerte. La constitución actual del organismo humano lleva consigo esta condición. El hombre, por otro lado, tiene un mandamiento de Dios: cuidar la salud y conservar la vida. Medio para ello es el vestido. El vestido protege el cuerpo contra las inclemencias del ambiente. Siente frío y se abriga con el vestido. Los rayos del sol le perjudican y el vestido le defiende. La lluvia y la nieve le flagelan y el vestido le protege. El vestido es un postulado de la higiene. Tiene que cumplir esa misión que ha señalado Dios.

El hombre siente tendencia a complacer, a agradar a los que tratan con él. Con esa finalidad procura realzar su belleza natural con el vestido. La inclinación a agradar es más acentuada en la mujer que en el hombre. Dios ha puesto esa tendencia en ambos sexos, pero a la mujer se la ha dado más fuerte y le ha dado también más arte para conseguirlo. Por eso la mujer se preocupa por los vestidos más que el hombre; habla de ellos, observa a las otras, piensa en ellos, procura tenerlos en abundancia, examina, consulta cómo le caen, qué color, qué confección deben tener, cómo queda más mejorada. Hay quien hace esto hasta la impertinencia insoportable. Que lo digan modistas y comerciantes. Realzar la belleza con el vestido sin traspasar los límites nada tiene de inmoral; al contrario, debe aconsejarse, pues el descuido y el abandono también encierran inconvenientes morales.

Es otra finalidad del vestido: servir de adorno para dar realce a la belleza corporal. Los fines del vestido deben estar jerarquizados. El primero de todos en importancia es el que impone el pudor. No se puede prescindir de él apelando a supuestas exigencias de la higiene y del ornato. Porque se diga que un vestido es más cómodo, no puede ser inmodesto. Porque aparente más elegante, no debe ser provocativo.