Sacerdote confesandoAl hacernos al sacramento de la Penitencia obtenemos de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, nos reconciliamos con la Iglesia, a la que ofendimos con nuestros pecados.

Y de bautismo concede el perdón de los pecados, pero no suprime la debilidad de la naturaleza humana ni la inclinación al pecado, que permanecen en nosotros para probarnos en el combate de la vida cristiana. Esta lucha es la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor nos llama. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del corazón arrepentido, atraído y movido por la gracia a responder al amor de Dios que nos ha amado primero. Toda nuestra vida ha de ser un retorno a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mar y de las malas acciones que hemos cometido, y un deseo decidido de cambiar de vida con la gracia y la esperanza de la Misericordia divina.

Durante su vida pública, Jesús perdonó los pecados, y manifestó el efecto del perdón: a los pecadores perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o excluido. Un signo manifiesto de ello es que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, Él mismo se sienta en su mesa, gesto que expresa, a la vez, el perdón de Dios y el retorno al seno del pueblo de Dios.

Por eso hemos de esforzarnos por confesar todos los pecados que recordemos, siempre. Si callamos conscientemente algunos pecados, no presentamos ante Dios nada que pueda ser perdonado, porque “si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga médico, la medicina no cura lo que ignora” (San Jerónimo), así que… ¡ánimo!

¿Cómo me confieso?

Antes de acercarme a confesar, es fundamental que hayas hecho un examen de conciencia completo, como pide la Iglesia: aunque vengas pensando en un pecado que has cometido, debes hacer una revisión íntegra, para que ese pecado no tape los demás y te impide a crecer. Para hacer examen de conciencia ponte en presencia de Dios, pide la luz del Espíritu Santo que ilumine tus pecados, y después de un tiempo de silencio, en el que te ayudará leer algún versículo de la Palabra de Dios, revisa tu vida desde la última confesión.

Una vez preparado, te acercas al confesor para comenzar la celebración. Puedes empezar: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, a lo que él responderá “Amén”. Después confiesa tus pecados, sin prisa; puedes comenzar por recordar cuánto tiempo hace de tu última confesión, para ayudar al sacerdote a hacerse una idea de tu situación. Es conveniente que no enumeres pecados en general, sino concretos qué te lleva a comentarlo, qué situaciones te hacen más débil… Y, cuando se trate de un pecado que cometes con frecuencia, qué medios has puesto para enfrentarte con él esta vez (¡a más reincidencia, más medios!). Cuando hayas terminado, escucha sus palabras, sus consejos, que pueden ayudarte a mejorar, acoge la penitencia que te proponga y guarda silencio en tu corazón: ya no es momento para hacer oraciones ni comentar nada, sino para escuchar y recibir la absolución: “Dios Padre misericordioso que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el misterio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, a lo que respondes: “Amén”.

Tus pecados han sido perdonados por la gracia de Dios: ahora cumple la penitencia, que te ayude a querer luchar cada día contra el pecado.

Con Dios:

¿Hablo con Él de mis cosas? ¿Le hablo y lo considero un buen Padre bueno que me ayuda? ¿Confío en Él? ¿Busco en las cosas que me pasan, buenas y malas, su mano que me cuida? ¿O me rebelo contra Él ante las dificultades, por falta de fe? ¿Reconozco lo que Dios me da y le doy gracias? ¿He abandonado el trato con Dios en la oración y los sacramentos? ¿Participo activamente en la Misa del domingo? ¿Por qué? ¿Me preocupo de conocerlo más mediante la lectura de la Palabra de Dios? ¿Pongo los medios (acompañamiento espiritual, grupos…) para ser mejor cristiano?

¿Me preocupo de anunciar el Evangelio a los demás? ¿Doy testimonio de Cristo con mi vida y mis palabras? ¿Participo en la vida de la Iglesia? ¿He admitido en serio alguna duda contra las verdades de la fe? ¿He llegado a negar la fe o algunas de sus verdades, de pensamiento o ante los demás? ¿Busco quién me ayude a resolver dudas? ¿He callado en la confesión, por vergüenza, algún pecado grave?

Tú mismo:

¿Analizo a menudo cómo soy y cómo voy? ¿Vivo comprometido para cambiar, pidiendo la ayuda necesaria? ¿Soy humilde para pedir ayuda? ¿Soy amable, sensible y alegre con los que me rodean? ¿He sido soberbio o egoísta? ¿Cuándo? ¿Me he dejado llevar por la ira? ¿En qué ocasiones? ¿He causado disgusto a otras personas? ¿He perdido los nervios? ¿Por qué? ¿He perdido perdón? ¿Me siento separado de alguien por riñas? ¿He dejado de hablarme con alguien y me niego a la reconciliación? ¿He sido causa de que otros pecasen? ¿He tratado de reparar el escándalo? ¿He procurado mantener mis pensamientos limpios y castos? ¿He tenido conversaciones impuras? ¿Por qué? ¿Cómo intento vencer esas tentaciones? ¿Me he dejado llevar tras los deseos de mi cuerpo exceso de bebida o alimento? ¿Qué personas ambientes o situaciones me han influido?

Tú familia:

¿Me pongo en el lugar de mi cónyuge, padres/hijos para comprenderlos cuando discutimos? ¿Les he entristecido con mi conducta? ¿Les pido perdón cuando no me comporto bien? ¿Recibo mal las indicaciones de mis padres simplemente porque me mandan? ¿Por qué? ¿Qué hago cuando llego a casa, lo necesario para todos o estoy en mis cosas? ¿Cumplo mis obligaciones? ¿Qué hace que no las cumpla? ¿Colaboro en mi familia para que haya paz, amor, buenas relaciones? ¿He dejado de ayudar en sus necesidades? ¿Apoyo ante un problema o divido? ¿Respeto a los mayores? ¿Cuando intentan hablar conmigo les hago caso? ¿Intento yo hablar con ellos? ¿Exijo más de lo que pueden darme? ¿Soy egoísta con las cosas que tengo y me cuesta dejarlas a mis hermanos? ¿Odio, en vídeo o tengo celos? ¿He dado mal ejemplo?

Tú trabajo/estudio:

¿Estudio al final para los exámenes porque no planifico mi tiempo y antepongo otras cosas menos importantes? ¿Qué cosa y por qué? Si hay un problema, ¿Participo de forma creativa o me limito a criticar destructivamente? ¿He sido perezoso en el cumplimiento de mis deberes? ¿Retraso el momento de ponerme a trabajar o estudiar? ¿Qué me retrasa? ¿He descuidado mi rendimiento en cosas importantes por perjuicio de aquellos para quienes trabajo? ¿Dependo excesivamente del teléfono, de Internet, hasta tal punto que influyen en mi atención y resolución de mis responsabilidades? ¿Retribuyo con justicia el trabajo de los demás? ¿Soy agradecido?

Tú diversión/consumo:

¿Qué tiempo ocupo para mis diversiones? ¿Antepongo la diversión a la obligación? ¿Me dejo llevar por la publicidad, la moda, sin preguntarme si las necesito o me conviene? ¿He gastado más de lo que me permite mi posición? ¿He defraudado en el uso de los bienes? ¿Tengo caridad con el pobre? ¿Colaboro en las coletas de la Iglesia, ayudo a los necesitados?

Tus amigos:

¿Me aprovecho de ello según me conviene? ¿Los critico o defiendo cuando otros lo critican? ¿Me he preocupado del bien del prójimo, avisándole del peligro o corrigiéndole con calidad? ¿Cumplo la palabra que doy? ¿Miento? ¿He despreciado a mi prójimo? ¿Me he burlado de otros les he criticado, molestado o ridiculizado? ¿He calumniado atribuyendo a los demás lo que no era verdadero? ¿He reparado el daño o estoy dispuesto a hacerlo? ¿He dejado de defender al prójimo difamado o calumniado? ¿He hablado mal de otros por frivolidad, envidia o mal genio? ¿Con quién? ¿Los trato como me gustaría que me trataran a mí cuando cometen un fallo? ¿Los envidio si tienen algo que yo no tengo? En el noviazgo, ¿es el amor verdadero la razón fundamental de esas relaciones? ¿Vamos creciendo en nuestro conocimiento y compromiso o nos conformamos con “estar juntos”? ¿Buscamos las ayudas que necesitamos? ¿Nos formamos en función de lo que somos? ¿Degrado el amor humano confundiéndolo con el egoísmo y el placer?

Me ayudo de la Palabra de Dios…

“Y llegan a Jericó. Y a salir de Él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego le contesto: “Rabbuni”, que recubre la vista”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado”. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10, 46-52).

“La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. (1ª Cor 13).