Francisco Elías de Tejada

Padre, Hijo y Espíritu Santo y MaríaDesde los albores, Cataluña cobra razón de ser en su rotunda españolía. Barrera carolingia contra las oleadas alárabes, en la Ordinatio del año 817 Cataluña es todavía simple provincia o Marca Hispánica, porción de tierra española sujeta a Carlomagno; tan española que la revuelta de Aisso en 826 declara un sentimiento de rebeldía matizada de particularidad española, herencia de la monarquía visigoda. Cuando las circunstancias lo permitan y una estructura feudal proporcione base institucional suficiente, aquel sentir peculiar frente al Imperio carolingio hará brotar a Cataluña. Como ha demostrado Ramón d’Abadal i Vinyals en su libro Els primers comtes catalans, al doblar el año 987, al socaire de las pugnas de Hugo Capeto con Carlos de Lorena, hermano y sucesor en pretensiones de aquel Lotario que el año anterior de 986 dictaba reglas para el monasterio de San Cugat del Vallés. Cataluña queda desligada de cualquier pretensión francesa. Ramón Borell III ejercerá ya actos de señorío independiente y cuando el 8 de enero de 1025 Berenguer Ramón de Barcelona asegure a sus vasallos la franca posesión de los bienes con jurisdicción propia, bajo juramento ante el altar de San Juan de la catedral barcelonesa, es ya típico monarca sin dependencias de ninguna índole. En los dos siglos transcurridos desde la rebeldía del 826, al amparo del cambio de dinastía en tierras francesas, el sentimiento de la particularidad de lo catalán se ha ido forjando poco a poco hasta adquirir formas institucionales estables alrededor del Conde de Barcelona, primero entre los condes del Principado. Al doblar el milenio Cataluña constituye realidad sólida y el pueblo catalán, perfectamente caracterizado incluso en la orientación de sus temáticas políticas, inicia la marcha histórica que le llevará a desposarse con el azul Mediterráneo.

La primera ilusión expansiva consistió en tratar de alzar políticamente lo que ya existía en el campo de la cultura, en fundar una monarquía a caballo de los Pirineos. Pero la rota de Muret selló la renuncia a tantos sueños, y a partir de Jaime I será futuro la proyección sobre las islas, del mar vecino y sobre las tierras del Ebro. De Principado, Cataluña pasa a ser imperio, el imperio español del mar Mediterráneo.

(VERBO)