La mente de la Iglesia

La humildad de MaríaNi la Iglesia ni la moral cristiana son enemigas de la moda, con tal que sea digna.

Dice Su Santidad Pío XII: “Dios no os pide que viváis fuera de vuestro tiempo, indiferentes a las exigencias de la moda, de manera que seáis ridículas, vistiendo contra los gustos y usos comunes de vuestras contemporáneas, sin preocuparos jamás de lo que les agrade” (8-XI-57). Lo que prohíbe la Iglesia y la moral es que la moda, sea como sea, se constituya en norma suprema de las costumbre (Pío XII 8-Xl-57). La moral no es enemiga de la moda; pero le impone sus principios y normas para que sea digna. El desorden en el vestido procede de dos fuentes: de la intención depravada que se pretende con él y de los efectos dañosos que puede producir, daños económicos, físicos y morales.

¿Cabe suponer invenciones depravadas en los creadores de las modas? Que hable Su Santidad Pío XII: “Entre los elementos objetivos, que concurren a formar una moda desvergonzada, está en primer lugar la mala intención de sus artífices. Cuando éstos se proponen suscitar con sus modelos fantasmas y sensaciones no castas, no les falta, incluso sin llegar al extremo, una técnica de larvada malicia” (8-XI-57).

Gran responsabilidad ante Dios y ante la sociedad la de estos artífices de la moda, que contribuyen eficazmente a la multiplicación de los pecados y a la desmoralización de las costumbres. Parte de esa responsabilidad recae también sobre las modistas. Es verdad que se ven obligadas a aceptar los cánones de la moda; pero dentro de las líneas generales, ellas, en la confección de los vestidos pueden acentuarlos. Y no pocas veces los aumentan, a pesar de las indicaciones de algunas clientes que quisieran aceptar la moda podando lo que tiene de exagerado y escandaloso.

Dicen los prelados españoles: “Los modistos y las modistas tienen una gravísima responsabilidad si crean, introducen o aconsejan formas de vestir inmodestas; y pueden hacerse culpables de los pecados que de su obra se sigan; por el contrario, pueden tener grandes méritos si crean, introducen o aconsejan formas modestas y elegantes que estén a la moda. La simple aceptación de encargos de trajes inmodestos podrá ser pecaminosa, cuando no haya causa proporcionada para ella y la negativa no sea eficaz para evitar el mal” (Normas de Decencia Cristiana N. 89).

Los artífices perversos crean modas provocativas que excitan la sensualidad conservando ciertas apariencias de elegancia. Las mujeres, que pretenden los mismos fines, acogen la moda con alborozo. Otras, esclavas de la moda, aunque no quisieran provocar, aceptan la creación escandalosa por no desentonar, previniendo o ignorando los efectos desastrosos que de hecho causarán. A estas últimas les dice el Romano Pontífice Pío XII: “Si algunas cristianas sospechasen las caídas y las tentaciones que causan en otros con los vestidos y con la familiaridad a que, en su ligereza, dan tan poca importancia, sentirían espanto de su responsabilidad”. (22-V-1961).