Candela Sande

María al pie de la cruzEn uno de los países más seguros del mundo, que está también entre los de menor tasa de violencia hacia la mujer, cuando se conoció el brutal asesinato de una joven maestra, Laura Luelmo, a los sospechosos habituales les ha faltado tiempo para sentenciar: todos los hombres son responsables de su muerte.

Creo que si me hubiera quedado dormida hace veinticinco años y despertara hoy, el fenómeno global que más me sorprendería es el de la espectacular infantilización del discurso público. Es como si se hubiese perdido la capacidad más elemental de discurrir, los rudimentos más básicos de la argumentación y la lógica, hasta al punto de que sería más fácil asistir a debates racionales en un patio de guardería que en la arena pública. Un país en el que se puede sostener el dramático “¡nos están matando!”, cuando la proporción de mujeres asesinadas, afortunadamente, es bajísima, es un país que ha perdido todo sentido de la medida. O, mejor, que está decidido a imponer como sea una ideología sin pies ni cabeza.

La realidad de este funesto crimen destroza por completo la narrativa, la hace pedazos; pero eso no hace recapacitar a nadie porque hace tiempo pasó la hora de hacer caso alguno a la realidad, que se ha vuelto opcional. Tenemos, por ejemplo, al periodista Antonio Maestre asegurando en Twitter, sin mayores matizaciones, que quien haya votado a Vox es responsable de la muerte de Luelmo. ¿Por qué?, ¿qué tendrá que ver? Bueno, la idea parece ser que el partido Vox pretende sustituir la nefasta, divisiva, antijurídica, sectaria e ineficaz Ley de Violencia de Género por otra que combata el maltrato doméstico, sin referencia a sexos. Y eso, naturalmente, es prueba de que a uno le corroe un odio homicida hacia cualquier mujer. Pero sucede que a Luelmo no la ha matado el Patriarcado, ni siquiera la Violencia de Género, porque su presunto asesino -que ya ha confesado- no tenía con ella relación alguna. Por lo demás, todo es deprimentemente previsible en el caso: un asesino especialmente brutal que sale de la cárcel y asesina a una vecina joven y guapa que sale a dar un paseo. Se me ocurren decenas de reflexiones a partir de los hechos; que los votantes de Vox tengan algo que ver con Bernardo Montoya, el autor del crimen, o la oposición a la Ley de Violencia de Género con el asesinato en sí, no es una de ellas.

El “pensamiento Alicia” es quizá el peor resultado de este deterioro de las facultades intelectuales modernas de que les hablaba. Incluso un diario nacional, La Razón, abría su edición del 19 de diciembre con un tuit de la víctima que reza: “Te enseñan a no ir sola por sitios oscuros, en vez de enseñar a los monstruos a no serlo”. Les suena, ¿verdad? Seguro que sí, porque llevamos oyendo y leyendo lo mismo, con escasas variaciones, desde hace décadas: aconsejar si quiera de pasada la prudencia más elemental se considera hoy una agresión sexista. Una mujer tiene derecho a ir por donde le dé la gana, como le dé la gana y a la hora que le dé la gana sin que le pase nada. Y, por supuesto, naturalmente, es totalmente cierto. Tiene derecho. El mismo que tendría un tipo sin media bofetada a pasear por el Bronx a las 12 de la noche con fajos de billetes de mil dólares a la vista. Tener derechos de que no te pase nada y tener probabilidades de que no te pase nada -no digamos ya, seguridad plena no son exactamente lo mismo.

Y luego está la segunda parte, ese “enseñar a los monstruos a no serlo”. ¡Ah, la conmovedora confianza en la “educación”! Se diría que Bernardo mató porque nadie le había enseñado que matar está mal, a pesar de haber sido condenado precisamente por hacerlo. No, la educación de verdad, la educación en la vida real, solo puede ser una propuesta que el pupilo podrá, a la larga, rechazar o matizar. E incluso -sabiduría que siempre ha enseñado la Iglesia Católica, hoy en trance de desaparición- es perfectamente posible, e incluso frecuente, considerar que algo es malo y aun así hacerlo. En nuestros remotos tiempos lo llamábamos “pecado”, y era bastante habitual. El ser humano no es un robot ni la educación lo programa como haría con cualquier máquina cibernética.

Leo en Twitter a un tal Rafael García Maldonado que resume impecablemente el estado de esta cuestión: “No sé si os estáis dando cuenta, pero la gente está pidiendo, entre cursiladas y demagogias sonrojantes, un objetivo modesto: que, ni más ni menos, se acabe el mal en el mundo”. Éste es, al fin, el fin tácito de toda ideología. Podría definirse como crear la estructura social que impida a los ciudadanos portarse mal o, como más cínicamente apuntaba Huxley, una sociedad en la que no sea necesario ser bueno. El varón, queremos decir, porque las mujeres ya somos seres angélicos que, como ha dejado claro nada menos que la vicepresidente del Gobierno, somos incapaces de mentir. A las mujeres hay que creerlas “sí o sí”, ha dicho, aunque seguramente con la boca pequeña o sin representar al gabinete en pleno, porque me apuesto mis ingresos de un mes a que si voy a la Agencia Tributaria y les entrego en su momento, a modo de declaración de la renta, un papelito firmado declarando mis ingresos sin justificantes alguno, no me iban a creer “sí o sí”.

Pero, como ya digo, todo queda en lemas para imponer determinadas ideologías o, más bien, para mostrar quién manda, y el principio de no contradicción ya no cuenta. Porque, ¿con qué nos quedamos? ¿Son los varones asesinos en potencia y las mujeres meras víctimas incapaces de mentir, o son iguales hombres y mujeres? Más: ¿cómo se puede seguir hablando de feminismo, lucha de la mujer y toda esta división maniquea que hemos citado si los sexos -géneros, perdón- son meros constructos sociales que cualquiera puede rehacer a su antojo y con su simple declaración? Si Juan es un violador nato solo por el hecho de ser hombre, ¿deja de serlo y se convierte mágicamente en un ser incapaz de decir una mentira en el momento en que declara ser Juana?

(Razón Española)