Obra Cultural

cielo infiernoSi todo terminara con la muerte, no existiría el más allá, no habría ni juicio, ni infierno, ni cielo. El bien y el mal estarían confundidos. La misma existencia del alma daría lugar a dudas, puesto que dependería tan estrechamente de la materia que habría que considerarla como una especie de energía parecida a la energía material. A lo sumo sería un principio vital, como el alma de los animales. Pero no tendría vida propia, vida intelectual y moral, distinta de la vida del cuerpo solamente por un grado de complejidad. Pero la inmortalidad del alma resulta de la vida completamente superior a la materia que la distingue, vida intelectual que se eleva hasta la idea del infinito, vida moral capaz de amor desinteresado y de heroísmo. Vida intelectual, vida moral, eso se dice rápidamente. Parece carecer de importancia, pero hay que analizar lo que significan estas dos palabras: Vida intelectual es el esfuerzo secular del hombre hacia el descubrimiento de los secretos de la naturaleza, es toda la ciencia humana, hasta la búsqueda atómica, de la que se enorgullece tanto nuestro siglo, es toda la filosofía y la teología humanas con sus grandes problemas, sus construcciones inmensas, sus palacios de ideas y dogmas. La vida moral es todo el esfuerzo hacia la virtud y la santidad del que es testigo nuestro mundo, es el heroísmo en todas sus formas, la conquista de la libertad espiritual frente a las tentaciones y pesares de la carne… La moral no puede eludir sanciones. Una moral sin obligaciones ni sensaciones puede ser una estética, un ideal elevado y sublime, no es una moral: Se dirige a la imaginación y al corazón, más que a la conciencia y a la voluntad.

Nuestra Señora de la Esperanza, conviértenos

El infierno y el cielo: muchos llamados, pocos elegidos. Tal es la apuesta de la lucha moral: una eternidad de castigo o una eternidad de recompensa. ¿Por qué una eternidad? Porque como el alma es espiritual e indivisible es inmortal y una vez separada del cuerpo queda para siempre fija en su voluntad.

Nuestra Señora, Reina del Cielo, ruega por nosotros

Sólo el juicio de Dios es perfecto. Todos los demás juicios son defectuosos, es decir falsos o inciertos, o cobardes y susceptibles de ser debilitados por la pasión. Por eso decía San Pablo que poco le importaba ser juzgado por los hombres (1 Cor. 4,3). Y añadía que por mucho cuidado que tenía en examinar toda su vida, no se atrevía a juzgarse a sí mismo. Sólo Dios puede juzgar, porque sólo los juicios de Dios poseen esas dos cualidades que hacen que los juicios sean verdaderos e irreprochables: una verdad infalible y una equidad inflexible.

Ofendemos la verdad de dos modos: cuando en vez de utilizar fielmente las luces que Dios nos presenta, la corrompemos en nuestro interior por errores fatales, y cuando la falsificamos al exterior por hipocresías afectadas. Es decir, que no queremos ni conocernos ni ser conocidos: una de nuestras preocupaciones es engañarnos y la otra engañar al público. Este es el estado de nuestro desorden, y Dios, por su conducta opuesta y por su celo por la verdad, trata de desengañarnos de nuestros errores y de alzar para siempre la máscara de nuestras hipocresías.

Prefiero no saber

Muchos se condenan porque como no saben, prefieren no saber. Cuentan el siguiente hecho de la vida de García Moreno, Presidente de la República del Ecuador, muerto víctima de su fe el 6 de agosto de 1875. Su celo por la formación de buenos funcionarios le llevaba a menudo a tomar parte personalmente en los exámenes de Derecho público y plantear él mismo preguntas a los candidatos… Un día, en el curso de un examen, un joven había contestado perfectamente a todas las preguntas. Al final le dijo García Moreno: «-Ha pasado usted muy bien su examen. Ahora quisiera yo saber si se sabe tan bien el catecismo. Un funcionario debe conocer el catecismo si quiere cumplir bien su cargo». El joven demostró su ignorancia en la materia. Entonces le dijo el Presidente: – «Ha aprobado usted el título de doctor, pero mientras no se sepa el catecismo no tendrá derecho a ejercer su empleo». Y el joven doctor tuvo que asistir a clases de catecismo en el convento de Franciscanos de la ciudad.

Nuestra Señora de la Sabiduría, ruega por nosotros

Sigan al guía

La primera lección que Jesús ha venido a darnos en la tierra es que hay que ser bondadoso. Sed dulces como corderos, dijo a sus apóstoles (Le 10,3). Si vuestros corazones no están en una disposición de dulzura hacia el menor de vuestros hermanos, no se acerque a mi altar, vaya primero a reconciliarse con él (Mt 5,24). Si te pegan en una mejilla, presenta la otra: si te quitan tu túnica, abandona tu manto antes de llegar a riñas en las que no cabe la dulzura. Y al lenguaje del precepto, Jesús añade el del ejemplo. La vida entera de Jesucristo ofrece una panorámica de dulzura: es dulce en su infancia en el pesebre; es dulce durante su adolescencia en medio de los doctores de la ley; es dulce durante los tres años de su misión, aun con sus apóstoles sin educación, sin modales; es dulce hacia los pecadores y su trato con ellos está lleno de dulzura y misericordia. A pesar de que los fariseos se escandalizan y le llaman el amigo de los pecadores, no disminuye su dulzura con ellos. Y esta dulzura convierte a la Samaritana, alcanza a Zaqueo, rescata a la Magdalena y pronuncia palabras de perdón frente a la mujer adúltera. Es dulce durante su Pasión, dulce hacia Judas, que lo traiciona, hacia sus enemigos que lo acusan, hacia sus verdugos que lo crucifican. ¡Qué magnífico ejemplo y, por consiguiente, qué magnífico precepto!

Nuestra Señora de la Paciencia, ruega por nosotros

«No me hables en ese tono…»

San Vicente de Paúl dice que todos los hombres comparten un mismo deseo: quieren ser tratados con dulzura y no con mal humor, ni ser reprendidos con dureza. No existe caridad si el lenguaje no está sazonado con afecto, ternura y dulzura, si el tono de voz en vez de ser fraternal, es rudo, seco, áspero; si los modales en lugar de ser benévolos, amables, graciosos, son bruscos y acompañados de mal genio; si cuando hay que hacer un reproche se hace con amargura y pasión, obviándose de la palabra de San Francisco de Sales que dijo que el regaño es un fruto amargo que sólo se puede hacer pasar envolviéndolo en dulzura. ¡Cuánto mal hacen en las familias y en los tratos sociales los arrebatos de carácter, los saltos de humor, las impaciencias que no sufren contradicción! En la vida todo se logra con dulzura, decía San Francisco de Sales, nada por la fuerza. La brusquedad lo echa todo a perder, cierra los corazones, engendra odio y terquedad. Aquí la fuerza no tiene nada que someter, la potencia nada que gobernar, el único recurso es estudiar a los hombres y el modo de afrontarlos, preguntándose a sí mismo: ¿Cómo quisiera que me trataran si estuviese yo en su lugar? Y seguramente la respuesta sería: Quisiera que me hablaran con suavidad, que me trataran de igual modo y que siempre me manifestaran estima y afecto. Quisiera ver en los demás esa cordialidad, esa serenidad de semblante que conmueve y consuela, esos modales risueños y agradables que dan gozo, esa gracia, esa abertura, esa encantadora sencillez que parecen darnos su corazón y solicitar el nuestro.

Nuestra señora de la Amabilidad, ruega por nosotros

El alma soleada

En cuanto se sale del espíritu de dulzura, se pierde la calma y la sangre fría de la razón; ya no se habla el lenguaje del deber, sino el del humor y el apasionamiento; el alma se turba, no se domina, no mide ni lo que hace, ni lo que dice, y en ese estado se desbarra. El alma que sale de las vías de la dulzura no tiene prudencia para actuar, ni vigilancia para observar sus palabras, ni atención para regular los movimientos de su corazón. Por el contrario, el hombre dulce, siempre se posee y puede decir como el santo Rey David: «Siempre tengo mi alma entre mis manos» (Salmo 118). Es por dentro como un hermoso cielo en el que siempre brilla un sol que ninguna nube oscurece, que no altera ningún viento y todo se hace a la luz de la razón y de la fe.

Adoremos a Nuestro Señor bajo su amable aspecto del Cordero de Dios, como lo llama San Juan Bautista (Jn 1,36), y como lo habían ya designado los profetas en los siglos pasados. «Apareceré al mundo -dice en Jeremías- con la dulzura de un cordero» ( 11,19). Démosle gracias por tan bello ejemplo y pidámosle imitarlo. Podemos tomar estas resoluciones: 1. Vigilarnos muy de cerca para reprimir los movimientos de impaciencia y los brotes de humor, no actuar ni hablar bajo el dominio de la emoción y esperar haber recuperado la calma 2. Esforzarnos a mostrar a todos un ademán dulce y amable, una acogida cordial y generosa.

Nuestra Señora, Reina de la Paz, ruega por nosotros

La llamada del silencio

¿Qué buscas en el mundo? ¿La felicidad? No existe. ¿Qué más buscas? ¿Luces, consuelos? El mundo está entregado al espíritu de las tinieblas. Es en el silencio de las criaturas que Dios habla al corazón y su palabra es tan maravillosa que el alma ya sólo quiere oírlo a Él, hasta el día en que lo contemplará cara a cara. El cristianismo ha poblado los desiertos de esas almas escogidas, las cuales, al huir del mundo, de sus placeres, de sus honores, nos ofrecen en la pureza de su vida una imagen de la vida de los ángeles. Desde luego, no todos los cristianos están llamados a ese sublime estado de perfección, pero, en medio del ruido y del tumulto, cada uno debe crear en el fondo de su corazón una soledad en la que pueda recogerse para conversar con Jesucristo. De este modo, devuelto de los pensamientos del tiempo a los pensamientos de cosas eternas, sentirá desapego hacia lo que pasa y vivirá en el mundo como si no le perteneciera. Dichoso estado en que se cumple lo que anuncia la Sagrada Escritura: «Nuestra vida está oculta con Jesucristo en Dios».

El ocuparse siempre de mantenerse en presencia de Dios es empezar en esta vida a disfrutar de la felicidad de los bienaventurados. Pues, aunque no podemos verlo ahora, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio ayudan a conocer, amar e imitar a Nuestro Señor, su Sagrado Corazón, sus virtudes, especialmente su humildad y su dulzura.

«MARÍA ES VIRGEN INCORRUPTA, VIRGEN POR GRACIA, ÍNTEGRA Y LIMPIA DE TODA MANCHA DE PECADO», afirma San Ambrosio. Por eso el que reza cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS alcanza todo lo que necesita para su vida eterna.